domingo, 27 de mayo de 2012

Las palabras y la guerra en Colombia


Hernando Vanegas

Dicen que « las palabras una vez dichas nunca pueden volverse a sus dueños », en una magnifica sentencia que engloba la responsabilidad de quien las expresó. Ello es particularmente cierto en la guerra que la oligarquía –con ayuda « desinteresada » del imperio- adelanta contra el conjunto del pueblo colombiano. Y ha sido así porque la oligarquía, dueña de los medios de comunicación de masas, utiliza la palabra como un medio más –e importantísimo- para adelantar su guerra.

Los luchadores del pueblo, que se han levantado en armas para responder a la agresión oligárquica, reciben de los medios de comunicación diferentes denominaciones de acuerdo con las palabrejas de moda utilizada en esos medios. Jamás los combatientes populares son considerados en su justa medida y reciben los epítetos de « criminales », « bandoleros », « comunistas », « narcotraficantes » y, ahora bailando al son que les tocan los medios del imperio, « terroristas ».

Analizando éstas palabras vemos que todas son expresadas en sentido negativo, queriendo descalificar de un plumazo todo una historia de luchas del pueblo. Durante la llamada « La Violencia », período comprendido entre 1948-1958, los « guerrilleros » que eran llamados así cuando respondían a las orientaciones de la loigarquía del partido Liberal en guerra contra la oligarquía del partido Conservador, pasan a ser « criminales », « bandoleros », cuando ya no responden a esas orientaciones y cuano ya no les servían se prepara en masa el asesinato de sus líderes (Guadalupe Salcedo asesinado en el centro de Bogotá,a dónde fue llamado para signar la Paz), y la demonización de quienes practicando lo que les habían enseñado las oligarquías en la guerra.

Surgen figuras expeluznantes como « Sangre negra », « Efraín González », « Chispas », « El Tigre » , «Desquite », « Alma Negra » , « Zarpazo », «Capitán Venganza » y muchísimos otros, que se adentran en el camino de la criminalidad cuando sus líderes ideológicos (la cúpula del partido Liberal) los tiran al « tarro de la basura ». Entonces surgen en la « literatura oficial » los relatos de los asesinatos cometidos por estos personajes siniestros, aún en la época en que eran « buenos », es decir, combatían y morían por la causa de la cúpula del partido Liberal. Por el lado de los conservadores se crearon figuras no menos expeluznantes y criminales, lo cual quedó bien consignado en libros como « Cóndores no entierran todos los días ».

Posteriormente en 1964 surgen nuevamente en la literatura oficial de los medios oligárquicos los nuevos criminales y bajo la excusa de una fementida « república independiente » gobernada por el Partido Comunista, agreden a los campesionos que en un apartado lugar del centro del país (Tolima) a donde no llegaba el gobierno –porque nunca le interesó- y nacen los « comunistas bandoleros », los « come niños », quienes como Fidel Castro en Cuba se alimentaban de las pobres e indefensas criaturas que caían en sus manos.

Se intenta así sembrar en el imaginario colectivo la figura aborrecible y criminal del « comunista » enemigo de la humanidad y de los más sentidos sentimientos del pueblo colombiano. Si los comunistas comen niños es porque son inhumanos y deben ser combatidos con todo el poder del estado y de la sociedad en su conjunto. Se trataba de ocultar que lo que se estaba adelantando era el más grande experimento contrainsurgente del mundo, ya que la realidad de la guerra imperial les mostraba otra cosa en Vietnam, y se estaba consolidando al ejército colombiano como fuente de exportación de figuras criminales a otros países de latinoamérica y el mundo.

Seguidamente continuaron con las figuras de « narcotraficantes », fenómeno capitalista de mercado por excelencia en donde juega papel primordial la oferta y la demanda, demonizan la figura del combatiente guerrillero porque éste –en uso de la dinámica capitalista- cobra impuestos a los narcotraficantes que van a las zonas guerrilleras en las que se cultiva la hoja de coca para después exportarlas a los centros imperiales de USAmérica y Europa.

Como si fuera poco, alicando la Doctrina del Conflicto de Baja Intensidad, ahora llaman« terroristas » a los guerrilleros colombianos, mal utilizando una palabra que les cabe preciamente a ellos en toda su acepción. Ahora Alfonso Cano  es el « terrorista » más odiado por la oligarquía, en tanto el verdadero terrorista les tira bombas terroristas de verdad llenando de terror a un campesino que lo único que ha escuchado con terror es el uso de la motosierra en manos de  los amigos y socios de Santos y Cía.

A pesar de esos intentos diversionistas, el pueblo colombiano ha entendido -y lo seguirá haciendo por siempre-  quiénes son los verdaderos terroristas y los señala con el dedo de la ignominia. Los combatientes guerrilleros populares, a pesar de esos intentos, sigue estando en el corazón del pueblo colombiano ya que son ellos los que verdaderamente están enfrentando, y propinándole golpes contundentes, a la única política que de verdad adelanta la oigarquía desde el poder estatal: La guerra.

Las palabras en la guerra producen un efecto mediático pasajero, pero lo que queda siempre y por siempre es la realidad de una guerra como la colombiana, en la que contra el salvajismo e inhumanismo adelantado por la oligarquía, son precisamente los combatientes guerrilleros los que nos señalan el camino para humanizarnos  en vez de bestializarnos, para universalizarnos en vez de humanizarnos.